Intercambiar un piso es fácil pero, si es la primera vez que lo llevas a cabo, los días antes de tu viaje empiezas a volverte loca. Sobretodo si vives en un piso de 38m2 y tienes que hacer sitio para el nuevo inquilino.

Durante 3 días limpiando, ordenando y moviendo ropa a casa de mis padres, llegó la hora de conocer a  Katie. Habíamos quedado en mi piso directamente para darnos las llaves y comentar detalles de nuestras casas. Su avión aterrizaba a las 20:00h y aproximadamente a las 21.00h sonó el timbre.

Después de 6 meses enviándonos emails  éramos como dos viejas amigas que hace tiempo que no se ven. Tan sólo que en este caso, no nos habíamos visto nunca.

Cuando llegó a mi piso empezamos a saltar de la ilusión como dos niñas pequeñas, celebrando el principio de nuestros viajes. Estuvimos hablando de como habíamos decidido lo del intercambio y lo rápido que había pasado el tiempo.

Mientras hablaba con ella me di cuenta que en tan sólo 11 horas sería yo la que se subiría a un avión y partiría rumbo a NY.

Le estuve contando todo lo referente a mi piso, cafetera, regar plantas, agua caliente, vecinos, basura, etc…

Cuando acabamos de intercambiar instrucciones, me despedí  de ella, cogí mi maleta y dejé mi piso. Bajando las escaleras de mi edificio, una sensación extraña se apoderó de mi. En ese momento ya no vivía ahí, durante 3 semanas mi casa estaba en Brooklyn, New York.

Mientras esperaba un taxi en la puerta de mi temporalmente ex-casa,  empezó a llover y los nervios del avión afloraron en mi estómago… otra vez.

Esa noche mi amiga Laura que estaba de vacaciones, me dejó su piso de Gracia. Entré en el piso y después de encender el gas y abrir la llave del agua, me senté en el sofá.

Me di cuenta que la maleta estaba medio abierta. No me podía creer como había podido meter toda esa ropa habiéndome jurado que sólo me llevaría ropa para una semana. Necesitaba espacio urgente para mis futuras compras.

Empecé a vaciar y a reorganizar. Dejé en el armario de Laura un pilón de vestidos, camisetas y calzado,  acompañados por una nota a Laura que decía lo siguiente:

“SOS: he tenido que vaciar la maleta para hacer espacio, en cuanto vuelva vengo y me lo llevo”.

Después de reorganizar, cerré la maleta, me di una ducha rápida y puse el despertador a las 6.00 am.

Esa noche no paró de llover.

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